Aunque suele considerarse el lugar más seguro para conservar cualquier alimento, la heladera no siempre es la mejor opción. Algunos productos pueden perder sabor, cambiar su textura o deteriorarse más rápido cuando son sometidos a temperaturas demasiado bajas. Entre los principales ejemplos se encuentran las papas, las cebollas y los tomates enteros.
Las papas deben guardarse en un sitio fresco, oscuro, seco y ventilado, como una despensa. La Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos advierte que refrigerarlas puede aumentar la cantidad de azúcares presentes y favorecer una mayor formación de acrilamida cuando posteriormente son fritas, horneadas o asadas.
Las cebollas también se conservan mejor fuera de la heladera, siempre que permanezcan enteras y en un ambiente seco y con circulación de aire. En el caso de los tomates, mantenerlos a temperatura ambiente ayuda a preservar sus características y permite que completen su maduración. Sin embargo, deben revisarse periódicamente para consumirlos antes de que comiencen a deteriorarse.
Otros alimentos que no necesitan refrigeración mientras permanezcan cerrados son los productos secos, como arroz, legumbres, cereales, galletas, frutos secos y conservas comerciales. Estos deben almacenarse en recipientes bien cerrados, alejados de la humedad, el calor y la luz directa.
La recomendación cambia cuando los alimentos son cortados, pelados, cocinados o vendidos en envases refrigerados. La FDA señala que todas las frutas y verduras compradas precortadas o envasadas deben mantenerse en frío. También es necesario refrigerar carnes, pescados, lácteos, huevos, comidas preparadas y sobras dentro de las dos horas posteriores a su compra o cocción.

